Había estado pensando en que hace mucho no revolotean en mi estómago, por lo menos no como les pasa a aquellos que empiezan sus menesteres amorosos a corta edad.
¿Casi dos años? Sí. Haciendo cuentas, son casi dos años en los que no tengo esa sensación en la panza. La última vez fue cuando el diablo me conquistó e hizo de las suyas. Me llevó a las huestes del infierno y me gustó tanto que atea me volví. En ese lapso hubo goles dedicados, pulseras besadas, mensajes con puro amor pambolero.

Desde la semana pasada he visitado frecuentemente un hospital de perinatología y por obvias razones he sido rodeada por pura panza inflada, con chamacos dentro.
Me acordé de la renta de mi matriz y de la plática que Éder y yo tuvimos sobre los gastos del parto de los gemelos (porque seguros estábamos de que serían cuates).

Hace mucho no veía a Éder ó al menos no le ponía atención a su aspecto físico. Me llamó la atención por ser bienvibroso y ya, hasta ahi. Le puse especial atención a cada uno de sus componentes y cuando llegué a las manos me perdí. "Las mías no son tan finas", pensé. "Por algo no soy portero", rematé.

Nunca he sido tampoco de las que tienen un tipo específico al que se imaginan a su lado. De pronto prendí mi monitor y entre tanta noticia deportiva en la que me encuentro inmersa día a día, descubrí unas diapositivas que hicieron que por lo menos una mariposa anduviera dando lata un rato en mi estómago, últimamente afectado por tanta coca y ciclos menstruales. Sí, también afecta el estómago.

Pasa cuando sucede. Por lo menos una mariposa hizo su aparición y al menos, este no mete goles. Los ataja. No sé qué tan bueno sea, pero eso de vivir de la patada ya no es algo que me agrade mucho.











